domingo, 08 de mayo de 2005
Roma día 1: Parte 2
Desde ahí me fui directa a no dejar un rincón del Arco de Constantino (el arco mejor conservado de todos los que hay en Roma, muy por delante de del Arco de Septimino Severo o el de Tito) y me puse morada a hacerle fotografías.
Ya en aquel momento el Sol calentaba demasiado para mí y mi persona era lo más cercano al esperpento: mochila, bandolera de la caja de la cámara de video, el de fotos, y las manos totalmente ocupadas: en una llevaba la botella de agua y en la otra sujetaba -como podía, pero mi derecha ya está muy entrenada para estos pesos- las dos cámaras.
Nos detuvimos bajo la sombra mientras contemplabamos y buscábamos nuevos ángulos de perspectiva para sacar a los dos monumentos. Al mirar a la Vía Sacra (vía por donde se accede al Foro Romano y al Palatino) me percaté de un gigantesco monumento con ángeles en su azotea: era el Monumento dedicado a Vittorio Emmanuel II, en la Piazza Venezia. Pero eso no lo supe hasta dos días después.
Afortunadamente, mi madre que me conoce muy bien (¡por algo me ha parido!) se llevó reserva de barritas energéticas suficientes para no desplomarme y aguantar sin comer hasta la hora de cenar. Sin duda alguna, mi salvación. Y me pasé todo el recorrido por el Palatino y el Foro Romano comiendo barritas sin parar.
Una gozada del que disfruté desde las 2 de la tarde hasta las 5, pateando el Palatino al completo (no dejé ni un rincón sin pisar, ni grabar ni fotografiar: Domus Augustana, Domus Flavia, Palacios del Palatino, Casa de las Vestales), el Foro (Foro de Julio césar, Foro de Nerva, de Vespasiano, La impresionte Basílica de Majencio, el Arco de Tito, Templo de Venus y Roma, el sorprendente Templo de Antonino y Faustina...) y más edificios que me dejo sin nombrar pero que los ví enteritos.
Imaginaros lo que supuso para mí ver tanta piedra junta... El éxtasis contínuo, casi un orgasmo contínuo -cuyos daños colaterales se hicieron notar a la noche, que me dolían los ojos de los abiertos que había tenido de tanto mirar, sin querer dejarme nada fuera de la vista de mi retina- que aún hoy todavía sigue en mí.
Creo que fue pisar el Foro y decirme... Cris... te equivocaste al nacer. Debiste nacer aquí. Aquí nunca serías infeliz. Porque lo primero que pensé fue: En lugar de caminar al Parque de Invierno... ¡Ir al Foro romano! o simplemente ir a leer o pasar la tarde por ahí... ¡Alucinante!
Y disculpas por mi emoción, pero para una futura historiadora recordar o estar rodeada de historia tan impresionante, colosal y "vieja" hace que pierda la cabeza y la noción del espacio-tiempo.
Finalmente, como ya no teníamos nada que hacer -y más que nada porque no nos habíamos sentado en todo el día, ni para comer, y mis padres estaban "muertos"- nos decidimos subir las escalinatas del Arco de Septimino Severo (¡qué pena! Está muy deteriodado el pobre) e irnos directos a los Museos Palatinos.
Lo primero que hice al llegar a plaza de los Museos ¡¡fue retratarme junto a la estatua ecuestre de Marco Aurelio!! -De acuerdo, con la copia, porque la original está dentro del museo-. Y, por supuesto, no me dejé sin retratar la famosa estatua de Rómulo y Remo siendo amamantados por la Loba.
Y sinceramente... ahí terminamos el día.. visitando cada uno de los museos, para mi regocijo. Por fin, pude ver hecho realidad uno de mis sueños: palpar la estatua de El Gálata Moribundo, uno de las joyas helénicas más bellas que existen, junto a los retratos de Alejandro Magno.
Y me encontré con todos los retratos y estatuas más conocidas que os podáis imaginar. En realidad, nos echaron del museo -especialmente a mí- porque nos quedamos los últimos antes de cerrar.
¿Qué hicimos entonces?
Irnos al hotel por supuesto y andando desde la Piazza Venezia hasta la Vía del Tritone.
Cenamos en un bonito restaurante -su interior era como las catacumbas, con pinturas al fresco- cuya cena estaba deliciosa, toda pasta y pasta.
El problema principal de la primera noche es que pese al madrugón y la paliza que me había dado yo, fui incapaz de dormir. Mi tía mi lado resoplando -que no roncando- y yo decidí, por no mirar a la pared como una idiota, proseguír con la lectura de el Último Catón donde lo había dejado.
Ottavia, Kaspar y Boswell estaban ya pegandose con los poderosos sonidos del martillo cuando el sueño me venció.
Eran las 3.30 de la madrugada.
Ya en aquel momento el Sol calentaba demasiado para mí y mi persona era lo más cercano al esperpento: mochila, bandolera de la caja de la cámara de video, el de fotos, y las manos totalmente ocupadas: en una llevaba la botella de agua y en la otra sujetaba -como podía, pero mi derecha ya está muy entrenada para estos pesos- las dos cámaras.
Nos detuvimos bajo la sombra mientras contemplabamos y buscábamos nuevos ángulos de perspectiva para sacar a los dos monumentos. Al mirar a la Vía Sacra (vía por donde se accede al Foro Romano y al Palatino) me percaté de un gigantesco monumento con ángeles en su azotea: era el Monumento dedicado a Vittorio Emmanuel II, en la Piazza Venezia. Pero eso no lo supe hasta dos días después.
Afortunadamente, mi madre que me conoce muy bien (¡por algo me ha parido!) se llevó reserva de barritas energéticas suficientes para no desplomarme y aguantar sin comer hasta la hora de cenar. Sin duda alguna, mi salvación. Y me pasé todo el recorrido por el Palatino y el Foro Romano comiendo barritas sin parar.
Una gozada del que disfruté desde las 2 de la tarde hasta las 5, pateando el Palatino al completo (no dejé ni un rincón sin pisar, ni grabar ni fotografiar: Domus Augustana, Domus Flavia, Palacios del Palatino, Casa de las Vestales), el Foro (Foro de Julio césar, Foro de Nerva, de Vespasiano, La impresionte Basílica de Majencio, el Arco de Tito, Templo de Venus y Roma, el sorprendente Templo de Antonino y Faustina...) y más edificios que me dejo sin nombrar pero que los ví enteritos.
Imaginaros lo que supuso para mí ver tanta piedra junta... El éxtasis contínuo, casi un orgasmo contínuo -cuyos daños colaterales se hicieron notar a la noche, que me dolían los ojos de los abiertos que había tenido de tanto mirar, sin querer dejarme nada fuera de la vista de mi retina- que aún hoy todavía sigue en mí.
Creo que fue pisar el Foro y decirme... Cris... te equivocaste al nacer. Debiste nacer aquí. Aquí nunca serías infeliz. Porque lo primero que pensé fue: En lugar de caminar al Parque de Invierno... ¡Ir al Foro romano! o simplemente ir a leer o pasar la tarde por ahí... ¡Alucinante!
Y disculpas por mi emoción, pero para una futura historiadora recordar o estar rodeada de historia tan impresionante, colosal y "vieja" hace que pierda la cabeza y la noción del espacio-tiempo.
Finalmente, como ya no teníamos nada que hacer -y más que nada porque no nos habíamos sentado en todo el día, ni para comer, y mis padres estaban "muertos"- nos decidimos subir las escalinatas del Arco de Septimino Severo (¡qué pena! Está muy deteriodado el pobre) e irnos directos a los Museos Palatinos.
Lo primero que hice al llegar a plaza de los Museos ¡¡fue retratarme junto a la estatua ecuestre de Marco Aurelio!! -De acuerdo, con la copia, porque la original está dentro del museo-. Y, por supuesto, no me dejé sin retratar la famosa estatua de Rómulo y Remo siendo amamantados por la Loba.
Y sinceramente... ahí terminamos el día.. visitando cada uno de los museos, para mi regocijo. Por fin, pude ver hecho realidad uno de mis sueños: palpar la estatua de El Gálata Moribundo, uno de las joyas helénicas más bellas que existen, junto a los retratos de Alejandro Magno.
Y me encontré con todos los retratos y estatuas más conocidas que os podáis imaginar. En realidad, nos echaron del museo -especialmente a mí- porque nos quedamos los últimos antes de cerrar.
¿Qué hicimos entonces?
Irnos al hotel por supuesto y andando desde la Piazza Venezia hasta la Vía del Tritone.
Cenamos en un bonito restaurante -su interior era como las catacumbas, con pinturas al fresco- cuya cena estaba deliciosa, toda pasta y pasta.
El problema principal de la primera noche es que pese al madrugón y la paliza que me había dado yo, fui incapaz de dormir. Mi tía mi lado resoplando -que no roncando- y yo decidí, por no mirar a la pared como una idiota, proseguír con la lectura de el Último Catón donde lo había dejado.
Ottavia, Kaspar y Boswell estaban ya pegandose con los poderosos sonidos del martillo cuando el sueño me venció.
Eran las 3.30 de la madrugada.
